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El “me voy” y el “no me voy”
EL SÍNDROME DEL ADIÓS

kragbokser-ramon-masats-neutralconer-boxeador-caidoLos boxeadores se van. Un día inescrutable pero cierto, llega la cita con el retiro. Terrible realidad. ¿Es que alguien no se va? ¿Es que alguien no deja de ser?

Es un reto a la inteligencia éste de prepararse para un mañana diferente, y es un paso que ni los mejores hombres, aquellos más ilustrados o sensatos, parecen poder dar con toda la dignidad que desearían.

Un profesionista, un artista, un político, dejan un día de ser lo que eran. Profesional, artística y políticamente.
Ahora bien, cuando el ocaso viene a apoderarse de la vida de un deportista, el abismo que se abre delante de ese hombre, es mucho más abrupto, más cruel y traicionero que el que al otro hizo temblar.

Cuando este deportista es un boxeador, la rotunda sensación de que el mundo es el que se acabó, reviste características dramáticas.
El tema está de moda porque Roberto Durán, Wilfredo Gómez, Larry Holmes y Wilfredo Benítez se siguen azotando entre los extremos del me voy y el no me voy. Como hace poco le pasó a Alexis Arguello. Una lista que podría agregar a Carlos Zárate y a Pipino Cuevas, con más nombres a sumarse pronto. Con una retahíla de innumerables en el pasado si de buscar se tratara.kragbokser-requiem-boxeo-boxing

No. No se trata de buscar. Alcanza con la certidumbre de que el síndrome del adiós no distingue épocas ni actividades. Su víctima es el hombre. Dicen los filósofos que la única certeza del que nace es la muerte. En el camino encuentra cualquier hombre otras verdades más fugaces. Como debe saber un campeón de cualquier cosa –porque nada es más seguro– que dejará de serlo algún día. El día llega y somos testigos de que invariablemente los Durán, los Gómez, los Holmes, no se dan cuenta. Les pasa inadvertido.

El público troca los aplausos por silbidos. El periodista muda las palabras y hace críticas los elogios que acostumbraba. La familia censura lo que antes alababa sin condición. Y el boxeador comienza a sentirse solo como nunca creyó estarlo. Solo con su lucha más dispareja y feroz. Un golpe, que es decir un segundo de vida, tal vez menos, cambia esa carrera hacia la cumbre porque hasta ahí llegó, e inicia el descenso. El ascenso tuvo un principio. Este descenso no tendrá un final.
¿Quién le había mentido al boxeador todo lo que le mintieron? ¿Por qué nunca nadie le advirtió sobre esta nueva realidad que le quema? ¿Sólo él es el culpable? ¿Por qué no le dieron tiempo siquiera a pensar que llegaría un día en que ni el teléfono iba a sonar?
Consecuencias inevitables de este desequilibrio sin medida son la frustración, la angustia, la soledad y casi siempre el resentimiento.

“El boxeador está tan solo que cuando suena la campana hasta el banquito le quitan”,decía siempre Ringo Bonavena, el argentino que en un burdel de Nevada sucumbió a la ley de la pólvora cuando la vida se le hizo muerte en una emboscada.kragbokser-boxeador-down

La soledad del boxeador se parece a todas las soledades. Es incomprensión, literalmente, lo que padece. Porque no necesita que lo comprendan racionalmente, sino en el universo de sus emociones, que es mucho más grande, más hondo y más cruel. Quiere volver a pelear para dar un puñetazo que despierte el delirio colectivo. Eso será aprobación y no otra cosa es lo que él necesita para creerse el gigante de ayer.

En esa búsqueda absurda que quiere amarrar el pasado, Holmes, Gómez, Durán, están diciendo “con permiso” cuando tendrían que decir “ya me voy”.

Y quién sabe cuál es la solución. Acaso tiene que ver con esta indiferencia contagiosa que nos agobia. Acaso no está en el boxeador sino en los demás. Acaso tiene que ver con que para que todo vaya bien hay que tomar decisiones correctas siempre. Y éste debe ser, está visto, un ejercicio muy complicado, para el que no alcanza con la fuerza felina de un boxeador.
Pero sobra cuando dos, o más, ponen todo su empeño. Es un ejercicio de vida. Ni más ni menos que llevarse bien con el vecino. Cuando usted y yo veamos en el boxeador a un ser humano, que se rompe el alma y las manos porque no le enseñaron otra cosa. Pero que palpita y sufre y ama y vibra, quizá podamos comprender –a veces ni siquiera disculpar– que Ubaldo Sacco se abrace a la cocaína y que James Shuler acelere su motocicleta hasta el estallido total de perder la vida. O que Benítez y Pipino y tantos más no quieran irse del ring, que al fin y al cabo es un poco más sensato que el aquelarre de citarse con la muerte.

El tiempo no es un amigo amable de los atletas. Ellos se terminan antes que los profesionales de otros quehaceres. Eso es todo. El boxeador que no se retira a tiempo no hace nada distinto al hombre maduro que se pinta las canas o al que con un bisoñé quiere engañar al espejo. El boxeador pelea porque qué otra cosa va a hacer. Siendo un poco complicado, como está visto que es, este desaguisado de las emociones de los hombres de hematomas en la cara y cicatrices en el alma, digamos solamente que merecen menos burlas y más respeto. En esto de vivir, amar, sufrir, también caben el error, la duda, y alguna que otra vacilación.

Fuente: artículo publicado en el diario ESTO de la Ciudad de México el 13 de octubre de 1986

Categories: Boxing, Historia

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