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Una lluvia de monedas caía por toda la palestra de la Arena Nacional. Entre el ring side y el cuadrilátero estaba Paco Cabañas, un muchacho menudito que no perdía las esperanzas. Era boxeador amateur de peso mosca. Se emocionaba, sonreía, disfrutaba y se comprometía con sus paisanos. Le faltaban cuatrocientos pesos para poder viajar a Los Angeles, California. Todos los ahorros de su madre los traía en la bolsa. Eran trescientos pesos y el viaje en tren costaba setecientos. Cuatro años antes se había hecho una promesa irrompible, de honor, la prueba más grande de su vida: competir en los X Juegos Olímpicos.
Las monedas seguían cayendo. De centavo en centavo o de peso en peso. Daba igual. El tren partía a las ocho de la noche con quince minutos del lunes 18 de julio de 1932.kragbokser-PACO-CABANAS

Sacrificio

Por el boxeo, Paco sacrificó la escuela en 1926. Tenía 14 años cuando dejó la secundaria y empezó a pelear en el Gimnasio de Fabriles, en la Ciudadela. Se estaba forjando. La técnica se convirtió en su pasión. En aquella época los mejores boxeadores se formaban en las aulas del Centro Deportivo Internacional, la Academia del Profesor Rosendo Arnaiz. Fue el propio Arnaiz quien le dio una oportunidad. “Me dijo que fuera, que me iban a dar mi tarjeta y me pusieron a pelear a las dos semanas y me echaron un gallito muy fuerte: Chucho Nájera. Me ganó en decisión, muy apretada, pero me ganó en decisión”. Desde entonces no dejó de entrenar.

Campeón Mosca

En el año olímpico de 1932 llegó el momento esperado. Con los puños se convirtió en el mejor mosca del Internacional. Después fue campeón del Distrito Federal. Era un boxeador técnico, elegante e inteligente. “No tenía punch pero mis golpes eran muy certeros, bien dados, bien marcados, en medio y rápidos”, nos dice. Así se convirtió en el mejor de México. Era el Campeón Nacional de peso mosca. Paco Cabañas, por derecho propio, tenía un lugar en las Olimpiadas de Los Angeles.

Corazón partido

Orgulloso de ser el campeón se presentó en el Comité Olímpico Mexicano, al mando del General Tirso Hernández. Estaba listo, ansioso de formar parte de la delegación olímpica. Pero esa ilusión se esfumó de pronto y el corazón se le partió en cachitos.

“Me presenté al Comité Olímpico y me dijeron: ¿sabes Paco?, no hay dinero para pagar tus pasajes, no podemos llevar a todos. Si tú consigues para tu pasaje, tu tienes ya tu puesto asegurado -se le nubla la mirada recordando la escena 68 años después- ¡Híjole!, a mí eso me cayó como bomba. Desde 1928 me hice el propósito de ir a las próximas olimpiadas. Estuve cuatro años preparándome para ir, por eso me rompieron el corazón cuando me dijeron que no iba”. Noqueado por la decisión del Comité Olímpico regresó a su casa. No había nadie, seguramente Doña Ana Pardo, su mamá, estaba en la tiendita.

En 1920 (10 de mayo) había muerto su padre y con los mil pesos del seguro de vida que les había dejado, Doña Ana compró una tiendita, una miscelánea conocida en la colonia de los Doctores como “La Brisa”. Fue ahí donde Paco empezó a llorar. “Le platiqué a mi mamá y me le puse a llorar, entonces sacó sus ahorros y eran 300 pesos y fui al comité olímpico y di mis 300 pesos y me dijeron que no, que tenía que dar lo demás. Eran 700 pesos de ida y vuelta.”
Paco no lo podía creer. Su máximo sueño empezaba a convertirse en pesadilla. El boxeo era su vida, una vocación que construyó en los juegos de la infancia.kragbokser-paco-cabanas-boxing

El gallo de la Casa Sander

Desde niño fue peleonero, era el más gallo de los chamacos de la palomilla. Vivía en el número 28 de la calle Doctor Navarro. Era una vecindad llamada la Casa Sander. Las palomillas nadaban en el río de la Piedad y después se armaban los trancazos. Poco a poco se fue haciendo popular entre la tropa. “Cualquier detallito iban por mí y los otros ya me veían y se iban”, recuerda.

Paco vivió practicamente todo el siglo XX. Nació el 22 de enero de 1912. Las dos guerras mundiales, la revolución mexicana, todas las participaciones olímpicas de México. Más de 32 mil días de vida pero sólo en uno conoció la gloria olímpica: el 13 de agosto de 1932.

La última moneda iba cayendo despacio mientras las luces de la arena se reflejaban con cada giro. Paco seguía en el mismo lugar. Estaba asombrado mirando hacía el público y de reojo veía una lona que se había cubierto de metal. “Félix Vega, un manager, me llevó a la Arena Nacional. Debutaba Chucho Nájera y ahí pidieron la cooperación del público para que pudiera ir (a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932). Ese día aventaron centavos, monedas y el anunciador dijo que esas monedas eran para mi boleto a la Olimpiada”.

¡Eran los cuatrocientos pesos que le faltaban para ir a los Juegos Olímpicos!. Escuchaba, sentía las porras y los gritos de aliento que llevaría consigo en su viaje hacia Los Angeles.

¡Váaamonos!

Los pistones de la potente locomotora subían y bajaban provocando exhalaciones de vapor. Con las carboneras llenas el tren ordinario México-Ciudad Juárez se había convertido en el tren olímpico. El reloj de la estación de Buenavista marcaba la pauta. El itinerario de los ferrocarriles era parte de la tradición de viajar en ellos. Había que ser puntual porque al grito de ¡váaamonos! la máquina comenzaba a tirar del convoy sin detenerse. Eran las ocho de la noche con quince minutos del 18 de julio de 1932 cuando el maquinista puso en marcha al tren olímpico. Minutos antes Doña Ana le había echado la bendición a Paco. Por él, por aquellos que arrojaron las monedas en la Arena Nacional y por su madre, su sueño fue esa noche una realidad. “Ya me imagino yo, lo que la hice sufrir”, nos dice nuestro primer medallista con un nudo en la garganta.

Durante tres días el ferrocarril cruzó el bajío, las sierras, los valles y las tierras áridas del norte hasta que llegó a la frontera. Al llegar a Ciudad Juárez los 72 atletas mexicanos cruzaron la línea y en El Paso, Texas, abordaron otro tren por la mañana. Sintiendo el calor que sintió hace tantos años Paco recordó que para llegar a California cruzaron el insoportable desierto de Arizona. “No podíamos abrir las ventanas del tren porque el aire nos quemaba”, rememoró. Pero en la noche de ese día contemplaron la Ciudad Olímpica.

30 de julio de 1932

El Coliseo de Los Angeles estaba a reventar. Más de 100 mil espectadores presenciaron la inauguración de los Juegos Olímpicos. Los contingentes marchaban uno a uno. Pasaron 18 delegaciones cuando 72 deportistas vestidos de blanco desfilaban encabezados por una bandera verde, blanco y rojo. Eran los mexicanos, uno de los siete grupos más numerosos del evento. En el cielo, un gigantesco dirigible de una compañía llantera se posaba como un vigía mientras una antorcha iluminaba el rostro de los atletas. El fuego olímpico ardería en el pebetero del estadio hasta el 14 de agosto.

Malas noticias

Para el 11 de agosto de 1932 “El enviado especial” del periódico La Afición, en su columna “Desde la Ciudad Olímpica”, daba malas noticias a los lectores mexicanos. “Y ahora vayamos con el boxeo, que mucho interesará por allá. Desgraciadamente tenemos que darles muy malas noticias. Por malas decisiones o por lo que ustedes quieran, es el caso que nos han eliminado a tres a la hora que escribo ésta. Y no ha peleado México sino tres peleas, es decir, hemos salido a las primeras de cambio”.

Sabino Tirado, Miguel Araico y Al Romero estaban fuera. Romero era la gran esperanza, a él sí le pagaron todos sus gastos y perdió porque supuestamente cometió foul. En aquel entonces el periódico fue el único medio de comunicación que mantuvo informada a la afición en México. Una breve nota en los diarios decía lo siguiente: “Ninguna compañía que hace trasmisiones por radio quiso pagar los 100 mil dólares que por derechos de exclusividad pidieron los organizadores de la Décima Olimpiada. En consecuencia no hubo trasmisiones directas, aunque sí dieron cuenta del desarrollo de los eventos más importantes tomando las impresiones de los despachos de prensa”.

Nada se sabía de Paco Cabañas, el joven de 20 años que pagó su boleto para ir a los Juegos Olímpicos. No era favorito, no había esperanzas depositadas en él. En el Comité Olímpico lo tiraban de loco, pero el 10 de agosto de 1932 comenzó su ascenso hacia la gloria.

La Décima Olimpiada entraba a su recta final. Era el 10 de agosto de 1932 y sólo faltaban cuatro días de competencia. México no figuraba en el medallero. El escenario pintaba para un nuevo fracaso: de 72 atletas, ninguno había triunfado hasta ese momento. Nuevamente “Desde la Ciudad Olímpica”, la columna del periódico “La Afición” firmada por “El enviado especial”, quien seguramente era el propio Fray Nano (Alejandro Aguilar Reyes, director del periódico), rendía cuenta de lo sucedido en Los Angeles. En esta ocasión daba gracias al Creador.kragbokser-paco

“¡Bendito sea Dios!, Cabañitas le dio una lección de box a (Isaac) Duke, el representante de Sudáfrica. Le ganó cada segundo de los tres rounds que pelearon. Fue una maravilla de dar golpes recibiendo. Duke es peleador de pura cepa (casta), entraba abierto a Cabañas, con sus golpes restos lo hacía cabecear constantemente… a la fuerza. No sólo ganó Cabañas, sino que fue largamente ovacionado. Mientras todos nos volvíamos locos pensando en que Al Romero era el mejor y que Tirado y Araico valían mucho porque habían sido escogidos por el Comité, mientras a Cabañas lo habían tirado a loco, éste fue quien ganó la única pelea para el conglomerado mexicano. Cabañitas tiene el defecto de ser muy callado, y por eso probablemente no lo querían traer. Parece que en el Comité valió más la lengua que la habilidad. El triunfo de Cabañas ha sido muy grande, porque lo ha obtenido cuando estábamos bocabajeados y sin esperanza de triunfo y sobretodo, sin que nadie tuviera fe en él”.

Aquel 10 de agosto de 1932 en el Olympic Auditórium de Los Angeles la fe llegó. El era la esperanza del triunfo olímpico, el primero en la historia.

¿El primer medallista?

El 12 de agosto de 1932, lejos del Auditórium, en el campo de tiro de la olimpiada para ser exactos, otro mexicano estaba a punto de alcanzar la gloria olímpica. Era Gustavo Huet. En la prueba de tiro con rifle pecho tierra empató el primer lugar, al finalizar la competencia, con el sueco Bertil V. Ronnmark. Con 294 puntos cada uno pasaron a la ronda de desempate en donde Huet se quedó con el segundo lugar y la medalla de plata.

Regresando al año 2000, encontramos a Paco sentado en su despacho. Rodeado de recuerdos y su medalla olímpica guardada en un arcón de cristal y al lado de las medallas escolares de sus bisnietas. Es un paréntesis que realiza para comentarnos que en algún momento la familia de Huet reclamó diciendo que el tirador era el verdadero primer medallista olímpico, sin embargo los argumentos del boxeador aclaran el asunto.

Cabañas peleó la semifinal del torneo el 11 de agosto enfrentando al británico Tommy Pardue. Lo venció sin problemas y consiguió colocarse en la final para disputar el campeonato olímpico y por ende la medalla de oro. “Desde esa pelea –recuerda-, un día antes de que Huet ganara la medalla de plata, yo aseguré por lo menos el segundo lugar y la medalla de plata, por eso es que soy el primer medallista olímpico mexicano”.

Los focos de Excélsior

Paco recuerda que su familia le platicó que para enterarse del resultado de su pelea se habían colocado un par de focos en las afueras del edificio del periódico Excélsior. Uno verde y uno rojo. Las luces serían activadas inmediatamente que terminará el combate para dar a conocer si el mexicano era el campeón olímpico. “En Excélsior iban a anunciar la victoria o la derrota. Si prendían el foco verde era ganador…”

13 de agosto de 1932

Era sábado y la noche había caído en Los Angeles. Día de las finales del boxeo olímpico. Siete mil espectadores, muchos de ellos mexicanos, abarrotaron el Olympic Auditórium para presenciar el match final de peso mosca. En una esquina, Stephen Enekes de Hungría. En la otra, Paco Cabañas de México.

Esta es la crónica original del reportero Ignacio Herrerías, corresponsal de La Afición, publicada el 20 de agosto de 1932. “La falta de ataque hizo perder el campeonato a Paco Cabañas”, decía el titular.

Las esperanzas de México de conquistar el campeonato olímpico de box, en la categoría de peso mosca, se vieron frustradas cuando el húngaro Enekes derrotó por decisión a Francisco Cabañas en la exhibición que sostuvieron en el Olympic Auditórium. La decisión fue silbada por una minoría del público, pero fue justa desde el momento en que el húngaro colocó mayor número de golpes, mientras que el mexicano se mantenía a la expectativa. Cabañas no tiró más de ocho golpes con la derecha durante los tres rounds, y su izquierda no entró a funcionar sino en muy contadas ocasiones. En los clinches (amarres), el mexicano llevó la peor parte, pues el húngaro lo castigó en repetidas ocasiones y con mucha rudeza. Cabañas terminó en mejores condiciones que su adversario y se le vieron grandes facultades de boxeador, pero no supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron. En varias ocasiones, cuando conectaba golpes en la quijada de su enemigo, éste se atarantaba visiblemente, pero Cabañas no se mantenía a la carga con constancia. Los mejores golpes del mexicano fueron aplicados en los primeros rounds y el público lo aplaudió ruidosamente al salir del cuadrilátero.

El foco rojo de Excélsior se encendió mientras en Los Angeles, después de 9 minutos de pelea, Paco volvió a llorar. “Sentí tristeza, le levantaron el brazo al contrario y se me salieron las lágrimas porque yo tenía muchas esperanzas de llevarme la de oro” .

¿Qué hay después de la gloria?

Paco Cabañas debutó como boxeador profesional al regresar de los Juegos Olímpicos. “Me metí al profesional, tuve 10 peleas. Gané nueve y perdí una en decisión. Ni en aficionado, ni en profesional recibí KO, nunca. El box profesional lo dejé porque no me gustaba el ambiente”, rememora el medallista. En 1933 dejó de ser boxeador y se dedicó a la enseñanza. “Yo fui como entrenador del equipo de boxeo en Berlín, después de Berlín se suspendieron los juegos olímpicos por la guerra. Y fue hasta Londres (1948) cuando volví a ser entrenador del equipo de México”.

El campeón olímpico que derrotó a Cabañas murió en 1940. “Yo me enteré por los periódicos que se suicidó Enekes porque contrajo una enfermedad, se aventó de un 15° piso”.

Durante más de medio siglo se dedicó a enseñar boxeo. También trabajó en un despacho de bienes raíces. Pasaron muchos años y Cabañitas siguió saboreando la gloria olímpica rodeado de sus hijos, sus nietos y sus bisnietos, hasta que murió el 26 de enero del 2002, a los 90 años de edad.

Fuente: http://elotroladodeldeporte.blogspot.mx

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